Un llamado a la autenticidad

Por mucho que se diga, la autenticidad está infravalorada. Con el bien que hace y la hemos relegado a las profundidades del armario, allí junto con la ropa vieja y las bolitas de naftalina. Si al menos la hubiéramos guardado en la habitación del niño él jugaría con ella y aprendería unas cuantas cosas. Pero no, allí está olvidada en la oscuridad. Suele ser el miedo el que la cierra bajo llave. Y cuando somos m/padres nuestros miedos crecen y con ellos la cerradura. Normal, nuestra responsabilidad es mayor y de nosotros depende el bienestar de nuestros hijos y no sólo el nuestro. Pero, ¿y si os dijera que la autenticidad está intrínsecamente ligada a la responsabilidad? Quizás entonces no tengamos tanto miedo a abrir la puerta del armario y la autenticidad pueda ver un poco de luz.
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La paternidad, como la vida misma.

Un conjunto de saberes.

La paternidad es algo que se hace, se construye a medida que la vamos realizando. No se nos da hecha, no es un paquete que nos entreguen antes de ser m/padres, eso ya lo sabemos todos. Por ello se dice que uno aprende a ser m/padre siéndolo. Pero no se trata de un conjunto de saberes que a uno se le revela a medida que ejerce su paternidad. Uno mismo escribe ese “conjunto de saberes” a medida que los va efectuando o realizando. Ellos no están escritos de antemano. Son los actos mismo que vamos realizando y proyectando. Y como esos mismos “saberes”, para poder dejar el entrecomillado llamémosle nociones, son nuestros actos y proyectos, sólo nosotros los podemos realizar y conocer. Vamos, como la vida misma.
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Paternidad prestada

¿Qué es la paternidad prestada?

La paternidad prestada es ejercer una p/maternidad que no es la tuya. Lo hemos hecho todos alguna vez, por no decir muchas. Es desviarnos de nuestra camino como padres de nuestros hijos para ir tras las huellas de otros. Es, en definitiva, bloquear nuestro camino en pos de uno que no es el nuestro. Lo hemos hecho muchas veces en distintos aspectos de nuestras vidas, pero con la p/maternidad es más acentuado pues se nos juzga más y nos juzgamos más, se nos exige más y nos exigimos más. Y así es que por miedo nos acabamos exigiendo lo que no es nuestro.
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Afortunadamente, el instinto maternal no existe.

Si el amor maternal fuera un instinto sería tan sólo una respuesta.

Simone de Beauvoir ha leído extensamente a Deutsch y nos da su interpretación de lo que dijo la psicoanalista:

“El amor maternal es un sentimiento, no una actitud consciente, no un instinto, y no está necesariamente ligado al embarazo” (S. de Beauvoir, El segundo sexo, http://users.dsic.upv.es/~pperis/El%20segundo%20sexo.pdf, pág. 279).

Efectivamente. Hacer del amor maternal un instinto es reducirlo a un determinismo biológico. De ser un instinto este amor sería más bien una reacción y, sin embargo, es pura acción, pura voluntad que se mueve a causa de nada más que de sí misma. Si fuera instinto no habría voluntad, no habría deseo, habría solo reacción, no deliberada, impulsada por una suerte de orden preestablecido. Instinto podría ser, en cualquier caso, el salvaguardar al bebé, pero el amor maternal -aunque la forma en que se da esté influenciada por las condiciones sociales, económicas y culturales (véase “¿Existe el instinto maternal?” de Badinter)- va mucho más allá de su mera supervivencia.
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