Del (sin)sentido del deber materno.

Deber o no deber.

Vale. Os voy a soltar mi perorata, pero no os asustéis, soy algo así como una minimalista de contenidos, suelo ir al grano y allí me quedo. Lo que sucede es que estoy cansada de tanta imposición. A las madres nos vuelven locas y nada esto es en beneficio nuestro o de nuestros hijos. Nos cortan las alas y pretenden que enseñemos a volar. O quizás no. Quizás no sea eso lo que pretenden. Pero aquí estoy y aquí estamos nosotras, cansadas madres oprimidas, y os voy a explicar porqué.

Damas y caballeros, os presento el (sin)sentido del deber materno: “Una madre debe sentirse así… Una madre debe actuar de este modo… Debe expresarse de aquella manera… Y debe amar de aquella otra… Una madre debe pensar esto… Una madre debe saber lo otro… Debe entregarse de aquel modo… Y sufrir de aquel otro…”.
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Un llamado a la autenticidad

Por mucho que se diga, la autenticidad está infravalorada. Con el bien que hace y la hemos relegado a las profundidades del armario, allí junto con la ropa vieja y las bolitas de naftalina. Si al menos la hubiéramos guardado en la habitación del niño él jugaría con ella y aprendería unas cuantas cosas. Pero no, allí está olvidada en la oscuridad. Suele ser el miedo el que la cierra bajo llave. Y cuando somos m/padres nuestros miedos crecen y con ellos la cerradura. Normal, nuestra responsabilidad es mayor y de nosotros depende el bienestar de nuestros hijos y no sólo el nuestro. Pero, ¿y si os dijera que la autenticidad está intrínsecamente ligada a la responsabilidad? Quizás entonces no tengamos tanto miedo a abrir la puerta del armario y la autenticidad pueda ver un poco de luz.
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La paternidad, como la vida misma.

Un conjunto de saberes.

La paternidad es algo que se hace, se construye a medida que la vamos realizando. No se nos da hecha, no es un paquete que nos entreguen antes de ser m/padres, eso ya lo sabemos todos. Por ello se dice que uno aprende a ser m/padre siéndolo. Pero no se trata de un conjunto de saberes que a uno se le revela a medida que ejerce su paternidad. Uno mismo escribe ese “conjunto de saberes” a medida que los va efectuando o realizando. Ellos no están escritos de antemano. Son los actos mismo que vamos realizando y proyectando. Y como esos mismos “saberes”, para poder dejar el entrecomillado llamémosle nociones, son nuestros actos y proyectos, sólo nosotros los podemos realizar y conocer. Vamos, como la vida misma.
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Hábitos: María casi siempre tiene prisa.

María casi siempre tiene prisa. Normal. Trabaja, se encarga de muchas tareas del hogar, y tiene dos hijos. A pesar de todo, María y su prisa casi siempre hacen buen equipo. Pero sus hijos no saben lo que es ir a contrarreloj. Normal. Son pequeños y van a su ritmo. Entonces, cuando María va con prisa y necesita que sus hijos también lo haga, ella se pone muy nerviosa. Sus movimientos son bruscos, su tono de voz se eleva, su habla se acelera, reparte más órdenes y menos explicaciones. Resultado: sus hijos también se ponen nerviosos, se bloquean, se enfadan, se resisten. Y lo que debía ir de prisa va aún más lento.
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