Ni somos las madres de sus hijos, ni somos ellas.

Que internet es un campo de minas ya es bien sabido por todos. Vayas donde vayas siempre correrás el riesgo de pisar alguna, y si no lo haces será más producto del azar que de otra cosa. Últimamente, la maternidad, haciendo eco de esto y abusando de las redes sociales, se ha convertido en el campo de batalla donde críticas y juicios infundados están al acecho hagas lo que hagas y digas lo que digas.

Es evidente pero a veces pareciera no serlo: Ni somos las madres de sus hijos ni somos ellas, por suerte no somos más que nosotras. De ello resulta que nuestra opinión no pueda encontrar nunca un sitio en su maternidad, pero sí en la nuestra.  ¿Por qué no guardamos, entonces, los ojos que juzgan para las injusticias y dejamos que su maternidad se exprese libremente? No se trata de que le tomemos el gusto a la maternidad de otras. Sus quehaceres simplemente no nos atañen, son de ellas y de nadie más: ni han de gustarnos ni han de dejarnos de gustar.

Aunque pueden haber muchos motivos que impulsan semejante batalla, muchas veces ellos se reducen a la necesidad de afirmarse por contraposición a un otro (o negar al otro para afirmarse a uno mismo). Esta actitud se da con tanta frecuencia que pareciera inherente al ser humano, y la maternidad no tiene porqué haberla hecho a un lado. Al contrario, la maternidad es algo tan poderoso, que requiere de tanta fuerza, tanto amor, y tanta dedicación, que vamos todas llevándonos todo por delante, y a veces eso incluye tomar cualquier herramienta que encontremos al paso para hacer frente a lo que consideremos necesario. Y sí, el criticar al otro para mostrar lo que uno no es es una de esas herramientas que sin pensar cogemos del suelo, en este caso para reafirmar nuestra identidad como las madres que somos. Como si al señalar con el dedo lo que no somos por oposición estuviéramos enseñando lo que sí somos. Pero aquí ni tan solo el falsacionismo de Popper entra en juego, porque hay algo que sí estamos mostrando cuando levantamos nuestro dedo acusador, y no es precisamente a quien está siendo criticado: Nos estamos señalando a nosotros mismos enseñando aquello en lo que nos convertimos al juzgar a otros.

Si en cambio el tiempo que dedicamos a batallar contra otras madres lo dedicáramos a nuestra maternidad no necesitaríamos reafirmarla negando a nadie. El punto de partida está en una misma y no en los demás. Por tanto, si queremos reafirmarnos como las madres que somos lo mejor será trabajar en nuestra maternidad, desarrollarla y construirla mirándonos a nosotras y a nuestros hijos. Si miramos a otras madres que sea con ojos libres de acusaciones, con una predisposición abierta, y la actitud de quien viene a aprender y no a juzgar. La crítica indiscriminada no ha servido nunca a nadie, pero mucho menos a quien la ejerce.

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