Samanta, tu maternidad me la trae floja

Confieso. No tengo tele. Lo digo para que no os resulte extraño que haya oído el nombre de Samanta Villar por primera vez hace, como quien dice, un par de días. Y es que de la noche a la mañana Twitter se vio inundada por el hashtag que llevaba su nombre. Claro, ¡cómo ignorarlo! “¿Pero quién es esta mujer? -Me pregunté-. Una gran referente en algo, sin duda -Y comencé con mis especulaciones-. ¿Será algo así como la Orna Donath española? Aunque mucha pinta de socióloga no tiene (¡¿Y qué pinta tiene que tener una socióloga?!)”.
Ahora sé que es periodista, y madre, por supuesto. Más que eso no me interesa saber. ¿Para qué? Tampoco tengo interés en leer su libro. Con toda sinceridad, prefiero continuar leyendo El segundo sexo. Y no, no tengo intenciones de continuar leyendo artículos de opinión, y mucho menos de comprarme una tele. Os voy a hablar desde la ignorancia, y no tengo ningún reparo en hacerlo. Porque el ignorante que reconoce serlo suele ser más imparcial que quien ha chapurreado un poco por aquí y un poco por allí, empapándose de comentarios coléricos o frases fuera de contexto.

Desde este rincón solitario os aseguro no conocer de su libro más que una frase o dos. Por mí como si ella ha escrito que el ser madre ha sido la decisión más aberrante de su vida. También os puedo garantizar no saber cuáles han sido sus intenciones: Si ha querido generar polémica para que su nombre retumbe en nuestras cuentas de Twitter o si lo ha hecho para invitarnos a pensar; si ha querido compartir su experiencia para generar más ingresos, o para que otras mujeres se lo piensen sino 2, 3 veces, antes de ser madres. Sea cual sea su experiencia y motivación, no me atañen. Lo que sí me concierne es nuestra reacción ante las diatribas maternas de Samanta. Porque semejante espectáculo por parte nuestra no hace sino alimentar un concepto que di por llamar Maternidad (o paternidad, dado el caso) Prestada. Me refiero a la maternidad que se desarrolla bajo presión externa, aquella que parte desde el ejercer y el decidir de los demás, desde las concepciones ajenas, desde los supuestos o creencias de otros. Lo he dicho y lo diré hasta el hartazgo, la maternidad (y la paternidad) es un fenómeno íntimo y no un fenómeno universal. Como tal, una maternidad en armonía sólo puede construirse desde dentro, desde la intimidad de sus individuos y la singularidad de su experiencia. Y todo lo que atente contra esta intimidad estará atentando contra la propia maternidad: Tomar lo ajeno como algo propio es hacer nuestro lo que no nos corresponde, lo cual genera, evidentemente, un conflicto en el seno mismo de la maternidad.

Con todo lo dicho, y con esto acabo, yo, víctima por momentos de la maternidad prestada, me niego a dictaminar sentencia alguna sobre Samanta Villar o, dicho sea de paso, sobre cualquier maternidad que no sea la mía. Pero sí emitiré juicio en contra de aquellos que alimenten conceptos devastadores como el que me ha traído aquí, porque detesto vernos caer bajo fórmulas autodestructivas que profanan la intimidad de la maternidad, o perdernos en los perniciosos círculos de las críticas ajenas, porque acusando a otras madres no sólo damos permiso a que ellas nos acusen a nosotras, sino que además nos acusamos a nosotras mismas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *