La madre de Demian y yo

O de una maternidad imperfecta.

Si os soy sincera yo siempre imaginé mi maternidad como la de un personaje de Hermann Hesse. Él fue uno de mis escritores favoritos durante los primeros años de mi adolescencia, pasando mis días entre El lobo esteparioNarciso y Goldmundo, Siddharta, El juego de los abalorios, Demian, y algunos cuentos. Sin embargo, el libro que más veces leí y regalé (tenía la manía de regalar los libros que más me gustaban y luego comprármelos otra vez) fue Demian. Para quienes no la habéis leído, esta novela cuenta la vida de Emil Sinclair y de muchos de nosotros. Probablemente no os identifiqueis con los acontecimientos que rodearon al protagonista, pero sí lo haréis con el trasfondo que relata de un modo exquisito el paso de su infancia a su madurez.

He releído Demian varias veces a lo largo de los años y nunca he dejado de sentirme igualmente identificada con Emil Sinclair. Además, al igual que a él, Max Demian siempre me atrajo sobremanera, con esa seguridad para desenvolverse en el mundo, ese carácter tan puro, casi inhumano, y esa forma de estar siempre más allá de todo. Pero quien me trajo aquí no es él sino su madre. Ella se convirtió, desde un primer momento, en mi álter ego en términos de maternidad. Representaba todo lo que yo deseaba ser como madre. Perceptiva, inteligente, tierna, venerada, respetada, amada, y con una presencia sutil e imponente a la vez que, si te tomas el tiempo de hacer una segunda lectura, verás cómo se muestra a lo largo de casi toda la novela. Su relación con Max también era una maravilla; entre ellos había confianza, afinidad, cariño y respeto tuviera la edad que tuviera Max, de modo que ni la adolescencia parecía interponerse entre ellos. Este fue mi ideal. Así era para mí la maternidad perfecta, y así sería yo si algún día decidía ser madre.

Qué sorpresa me llevé. Ahora me parece tan evidente, pero en aquel entonces fue como si todos mis ideales (sí, siempre fui bastante idealista) me dieran un golpe en la cabeza. La maternidad de Frau Eva, así se llamaba, se convirtió entonces en la maternidad que yo quise y no pude tener. Una maternidad que se arrebató a sí misma porque la perfección no es vida. No porque yo no fuera capaz de desarrollar todas las cualidades que hacen a las madres perfectas con las que soñamos, no porque a mí me faltara algo o no tenga lo suficiente de ese adjetivo o de aquel otro, sino porque esas expectativas de mi maternidad perfecta no son yo. A la madre de Demian y a mí nos separa la realidad, el misterio y la emoción, la incertidumbre y la alegría, la luz y el calor, el miedo, la tristeza, la vida. Y aún si ella fuera real, seguiría sin ser yo, y mientras más intentara parecerme a ella, más lejos estaría de la perfección. Porque la única forma de ser, ya no digo perfectos sino la mejor versión de una madre que podemos ser, es ser la mejor versión de uno mismo y no de otro. La perfección no es real, no es tangible, no puede tocarse, no puede sentirse, pero la autenticidad sí. Una madre auténtica es, en parte, eso; ser como somos y trabajar para superarnos a nosotros y no a los demás. Mientras más nos acerquemos a nosotros más cerca estaremos de esa mejor versión, y sí, más lejos de la madre de Demian y de todas aquellas madres que, reales o no, concebimos como si de un personaje divino se tratara. No porque vayamos a ser mejores o peores, pero porque seremos más auténticos.

Esto se acerca más que cualquier otra cosa a la idea de perfección, que no es más que eso, una idea. Y una idea en realidad rota, pero no entraré en eso ahora. Eso sí, para quien sigue recreándose en el ideal de la maternidad perfecta os diré sólo una cosa: la única madre perfecta es, en todo caso, la mujer que aún no es madre, y digo “aún” porque hablo sólo de quien guarda el sueño de lo que será su maternidad, como todas aquellas de nosotras que pensamos en algún momento que seríamos madres perfectas. Y lo éramos, hasta que fuimos madres.

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