Hábitos: María casi siempre tiene prisa.

María casi siempre tiene prisa. Normal. Trabaja, se encarga de muchas tareas del hogar, y tiene dos hijos. A pesar de todo, María y su prisa casi siempre hacen buen equipo. Pero sus hijos no saben lo que es ir a contrarreloj. Normal. Son pequeños y van a su ritmo. Entonces, cuando María va con prisa y necesita que sus hijos también lo haga, ella se pone muy nerviosa. Sus movimientos son bruscos, su tono de voz se eleva, su habla se acelera, reparte más órdenes y menos explicaciones. Resultado: sus hijos también se ponen nerviosos, se bloquean, se enfadan, se resisten. Y lo que debía ir de prisa va aún más lento.

No hace falta ni viene al caso deciros cómo acaba la situación. Más importante es contaros que María un buen día se cansó y tomó una decisión: “No impondré a mis hijos la prisa que llevo yo”.

Y así fue como María replanteó su rutina por las mañanas -cuando más prisa tiene ella y menos colaboran sus hijos-: Se levanta, pone lavadoras, ordena, quita el polvo, se viste, prepara el desayuno, y despierta a sus hijos. Claro, como María realiza muchas tareas antes de levantarlos, siempre acaban despertándose más tarde de lo conveniente. Y entonces, ella se da prisa y la secuencia que ya describimos se pone de manifiesto. Así que María propone. O se propone. Ordenará y quitará el polvo por las noches, justo antes de acostarse, y se vestirá mientras sus hijos desayunen. Esto le dará tiempo, piensa María, para despertar a sus hijos más pronto.

Como a María le gusta escribir, plasma en papel cómo será su nuegreen-stationary-1240934vo hábito paso a paso y con todos los detalles que sea capaz de pensar. Escribe en letras bien grandes qué es lo que la ha llevado a tomar esa decisión. Señala con colores qué le aportaba su viejo hábito y cómo podrá obtener lo mismo. Y dibuja pequeños recordatorios que reparte por toda la casa.

 

A María los primeros días le va de maravilla. La novedad y el éxito de su empresa se convierten en un gran aliciente. Pero un día la novedad deja de serlo y el peso de las antiguas costumbres tira de ella. Entonces, una mañana, sus movimientos se vuelven bruscos, su tono de voz se eleva, su habla se acelera, reparte más órdenes y menos explicaciones. Y María se siente frustrada. Normal. Tanto esfuerzo y vuelve a caer en el viejo hábito. Así que María coge fuerzas y se propone releer esas letras bien grandes que escribió en aquel papel, vuelve a dibujar pequeños recordatorios que repartirá por toda la casa y además señala con colores todo lo que el nuevo hábito le aporta. Así fue como María volvió a la acción.

Nuestra protagonista tuvo sus altos y sus bajos. Normal. A veces nos cuesta más y a veces nos cuesta menos. Pero una buena noche, mientras ordenaba y quitaba el polvo, María se dio cuenta. Resulta que aquello que tanto le había costado lo hacía ya sin pensar dos veces. Ni tan sólo una. Aquello que tanto le había costado formaba ya parte de su rutina y le costaba tanto como ponerse las zapatillas al levantarse.

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