Del (sin)sentido del deber materno.

Deber o no deber.

Vale. Os voy a soltar mi perorata, pero no os asustéis, soy algo así como una minimalista de contenidos, suelo ir al grano y allí me quedo. Lo que sucede es que estoy cansada de tanta imposición. A las madres nos vuelven locas y nada esto es en beneficio nuestro o de nuestros hijos. Nos cortan las alas y pretenden que enseñemos a volar. O quizás no. Quizás no sea eso lo que pretenden. Pero aquí estoy y aquí estamos nosotras, cansadas madres oprimidas, y os voy a explicar porqué.

Damas y caballeros, os presento el (sin)sentido del deber materno: “Una madre debe sentirse así… Una madre debe actuar de este modo… Debe expresarse de aquella manera… Y debe amar de aquella otra… Una madre debe pensar esto… Una madre debe saber lo otro… Debe entregarse de aquel modo… Y sufrir de aquel otro…”.
¿Por qué un sin sentido? Porque la maternidad no es un deber, así de simple. Sí es una responsabilidad, no me confundáis una cosa con la otra. Aunque pueda no parecerlo, tienen connotaciones muy distintas pues no es lo mismo hacerse cargo de la maternidad de una, tomar la decisión de ser madre, de ejercer como tal y actuar en consecuencia, que considerar la maternidad como una serie de deberes que una ha de cumplir.

“No se nace mujer, llega una a serlo”.

El significado de la maternidad, o de la buena maternidad si se quiere, no está dado por que ame de tal manera o piense de tal modo, ¿no os parece? Y sin embargo, aquí quien no está martirizando a la otra por lo que debiera hacer y no hace, se está atormentando a sí misma porque debería sentirse así y no lo siente. ¡Y claro que no lo siente! ¿Acaso debería? No. Qué significa ser una madre depende de nosotras, de lo que cada una quiera hacer con ello, y cómo quiera definirlo. Y en este sentido recuerda un poco a Simone de Beauvoir al hablar de la mujer y su significado o, si se quiere, a su célebre frase, “no se nace mujer, llega una a serlo” -adaptada a la maternidad, claro-. No hay nada que haya de caracterizar a una madre de antemano ni nada que ella deba hacer. Su significado está sujeto a lo que cada una sienta, intuya, piense, o desee, dando lugar a tantas maternidades como madres singulares haya. Después de todo, somos seres humanos dando luz a seres humanos.

El cultivo.

¿Y qué sucede entonces cuando hablamos de la maternidad como un deber? Sucede que estamos hablando de una maternidad oprimida, una maternidad que se sustenta en los valores culturales impuestos por sobre lo que cada una de nosotras realmente pueda creer, pensar, o sentir; una maternidad delimitada en su espacio, definida por lo externo que no deja lugar a que seamos nosotras, las madres, quienes cultivemos nuestra propia maternidad. La maternidad es de las tierras más fértiles pero basta que la sombra de la culpa se cierna sobre ella para impedirnos su cultivo. ¿La habéis sentido alguna vez? ¡Seguro que sí! Es la culpa por no poder cumplir con los estándares establecidos, con todo este sinsentido de deberes, la culpa por no poder sentir, actuar, amar, pensar, saber, entregarte, o sufrir como es debido, sino a tu propia y singular manera. Que es, después de todo, la mejor manera en que podrás cultivar la tierra de tu maternidad.

Y hasta aquí llega mi perorata. ¿Habéis visto? No era muy larga, pero sí contundente. O eso espero. Aunque si de esperar se trata, ojalá este artículo os haya servido para tomar un poco de conciencia, para teneros presentes un poco más a vosotras mismas y un poco menos a los demás. Cada cual con lo suyo, y los deberes para el cole.  O no.

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