Afortunadamente, el instinto maternal no existe.

Si el amor maternal fuera un instinto sería tan sólo una respuesta.

Simone de Beauvoir ha leído extensamente a Deutsch y nos da su interpretación de lo que dijo la psicoanalista:

“El amor maternal es un sentimiento, no una actitud consciente, no un instinto, y no está necesariamente ligado al embarazo” (S. de Beauvoir, El segundo sexo, http://users.dsic.upv.es/~pperis/El%20segundo%20sexo.pdf, pág. 279).

Efectivamente. Hacer del amor maternal un instinto es reducirlo a un determinismo biológico. De ser un instinto este amor sería más bien una reacción y, sin embargo, es pura acción, pura voluntad que se mueve a causa de nada más que de sí misma. Si fuera instinto no habría voluntad, no habría deseo, habría solo reacción, no deliberada, impulsada por una suerte de orden preestablecido. Instinto podría ser, en cualquier caso, el salvaguardar al bebé, pero el amor maternal -aunque la forma en que se da esté influenciada por las condiciones sociales, económicas y culturales (véase “¿Existe el instinto maternal?” de Badinter)- va mucho más allá de su mera supervivencia.

Si el amor maternal fuera un instinto perdería poder, fuerza y valor.

Por otro lado, el reducir el amor maternal a un determinismo biológico le quita aquello que le da tanto valor: su carácter de contingente (por contraposición al determinismo). Badinter le otorga este mismo carácter pero por otros motivos y bajo otra tonalidad. Ella, por los altos y bajos que ha sufrido el amor maternal como lo conocemos hoy, dice que este es:

“… sólo un sentimiento, y como tal esencialmente contingente, aunque sea una conclusión cruel. Este sentimiento puede existir o no existir, darse o desaparecer. Poner en evidencia su fuerza o su fragilidad”(Badinter, ¿Existe el instinto maternal?, Paidós Pomaire Colección Padres e hijos).

Ahora bien, a ella le resulta cruel porque deriva la contingencia del sentimiento. Yo la sitúo como contraposición al determinismo y por ello le otorgo tanta importancia. Porque afianza este amor en su valor: su gratuidad y su poder (la fuerza y la potencia con que se ama) no está determinada por nada más que por el amor mismo, no depende de nada más que de sí mismo, de su propia voluntad. Es porque es y no por estar subordinado a características biológicas. Y el no encontrar estas características que justifiquen la manifestación del amor maternal no significa que entonces el sentimiento pueda aparecer y desaparecer prácticamente a su antojo, no lo releva de su poder, de su fuerza o de su valor, muy al contrario, como hemos dicho, lo afianza en ella.

Si el amor maternal fuera un instinto sería un amor restringido.

Además, gracias a que no hay una determinación biológica, este amor no es exclusivo de quien ha llevado al bebé en su vientre. Y esto nos da pie para plantear cuestiones dignas de esta época donde el prototipo de familia se ha diversificado tanto. Simone de Beauvoir nos dice que:

“La actitud de la madre es definida por el conjunto de su situación y por el modo en que la asume” (S. de Beauvoir, op.cit., pág. 283).

Entonces, si lo contingente es la situación en la que se da el amor maternal (y no el sentimiento en sí), podemos decir que será profesado por quien haya tomado la decisión (que no significa que lo haya hecho conscientemente) de asumir el rol de amar así, por quien tenga la voluntad de amar así, por quien, en definitiva, ame así, sea padre o madre, biológico o no.

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